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Nº de refª: TG AMR 23/26/02
Jueves, 7 agosto de 2002
Colombia
Carta Abierta a Presidente Álvaro Uribe Vélez
Dr. Álvaro Uribe Vélez
Presidente de la República de Colombia
Palacio de Nariño
Carrera 8 No.7-26
Santafé de Bogotá,
COLOMBIA
Londres, 7 agosto de 2002
Sr. Presidente :
Con ocasión del día de la toma de posesión
de su gobierno, deseo manifestar que Amnistía Internacional
(AI) abriga francas expectativas de que la cuestión de los
derechos humanos de todos los colombianos ocupe un lugar central
en su programa político.
AI viene observando de cerca la situación de crisis de derechos
humanos en Colombia a lo largo de las tres últimas décadas.
La organización ha emprendido numerosas acciones y ha publicado
informes basados en investigaciones que ha llevado a cabo sobre
el terreno. En esos informes, AI ha hecho públicas las numerosas
violaciones de derechos humanos y del derecho internacional humanitario
en las que se han visto implicadas las fuerzas de seguridad y también
los grupos paramilitares que actúan en connivencia con las
fuerzas armadas o con su consentimiento. AI ha puesto de manifiesto
asimismo los abusos de derechos humanos y las violaciones del derecho
internacional humanitario cometidos por los grupos de oposición
armada. En el prolongado diálogo que viene manteniendo con
los sucesivos gobiernos de Colombia a lo largo de los últimos
30 años, AI ha hecho hincapié en la responsabilidad
internacional que ha contraído el Estado colombiano en el
cumplimiento de sus obligaciones nacionales e internacionales en
lo relativo al respeto y a la protección de los derechos
humanos.
Las partes armadas del conflicto están mostrando un profundo
y cada vez mayor desprecio por los derechos humanos y el derecho
internacional humanitario. Sin duda es la población civil
la que inevitablemente se lleva la peor parte en esta crisis de
derechos humanos en deterioro, dado que todos los sectores armados
la hacen objeto de sus ataques cada vez con más frecuencia
a fin de impedir su apoyo potencial, presunto o imaginario a la
facción adversaria. Las estadísticas de tan sólo
el 2001 son alarmantes: según AI, más de 300 personas
han "desaparecido", más de 4.000 civiles han muerto
-- la mayoría de ellos a manos de paramilitares respaldados
por el ejército -- decenas de miles de personas se han visto
desplazadas, y más de 1.700 han sido secuestradas principalmente
por grupos de la guerrilla. La información preliminar que
ha recabado AI indica que la situación de los derechos humanos
se está deteriorando en el 2002.
AI siente una honda preocupación ante el hecho de que el
fracaso de las negociaciones de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (FARC), ocurrido en febrero del 2002, pueda estar provocando
un recrudecimiento del conflicto, y que la crisis de derechos humanos
crónica empeore aún más por esta causa. La
organización teme asimismo que el efecto presumible de determinadas
políticas que su gobierno está promoviendo redunde
en perjuicio de la crisis de derechos humanos aún más
gravemente.
Los grupos armados de oposición, que también han sido
responsables de numerosas y reiteradas violaciones del derecho internacional
humanitario, deben asumir su cuota de responsabilidad por perpetuar
y agravar la escalada de violencia en Colombia. AI condena sin paliativos
los homicidios de civiles, los secuestros y la toma de rehenes perpetrados
de forma deliberada y arbitraria por esos grupos, y los ataques
indiscriminados y desproporcionados contra objetivos militares que
han provocado lesiones y muerte entre la población civil.
A menudo, las FARC emplean en sus ataques artefactos explosivos
elaborados con bombonas de gas, que ya demostraron su efecto mortífero
en Bojayá, departamento de Chocó, en mayo del 2002.
Casos como éste constituyen una grave infracción del
derecho internacional humanitario que AI reprueba y por los que
la guerrilla debe rendir cuentas. Así y todo, el gobierno
colombiano no puede ni debe escudarse en los abusos cometidos por
los grupos armados de oposición para sustraerse de adoptar
medidas políticas necesarias para hacer frente a la crisis
de derechos humanos.
Estamos totalmente convencidos de que hasta que no se respeten plenamente
los derechos humanos y los compromisos internacionales que Colombia
ha contraído, el país no gozará de una seguridad
eficaz ni duradera. Debido a las responsabilidades y obligaciones
que competen al Estado colombiano en virtud del derecho nacional
e internacional, y al cumplimiento de su deber de respetar y defender
la ley, mantener el orden y dispensar justicia, éste ha de
asumir la responsabilidad de poner remedio a la crisis de derechos
humanos. Así pues, AI le exhorta a que elabore y ponga en
práctica una política coherente y de gran alcance
en materia de derechos humanos, que respete plenamente las obligaciones
internacionales contraídas por Colombia, las recomendaciones
sobre derechos humanos formuladas por las Naciones Unidas (ONU)
y otros organismos internacionales; y, en concreto, a que emprenda
acciones para acabar con la impunidad, para hacer frente a los grupos
paramilitares respaldados por el ejército y desmantelarlos;
y para garantizar la seguridad de los sectores más vulnerables,
como son los defensores de los derechos humanos, los sindicalistas,
la población indígena y afrocolombiana, y los desplazados
internos.
La impunidad es la piedra angular de los homicidios extrajudiciales,
las "desapariciones", la tortura y otras violaciones de
derechos humanos que siguen produciéndose en Colombia. A
pesar del fallo de la Corte Constitucional de agosto de 1997, la
aprobación de la ley en contra de las "desapariciones"
forzadas, y el nuevo Código Penal Militar que entró
en vigor en el 2000, los tribunales militares siguen realizando
investigaciones sobre violaciones de derechos humanos en las que
están implicados altos cargos militares. De manera sistemática,
estos tribunales no han sancionado a los responsables de violaciones
de derechos humanos. Pese a que el sistema de justicia civil ha
puesto de manifiesto la implicación de miembros de las fuerzas
de seguridad en violaciones de derechos humanos cometidas en connivencia
con los grupos paramilitares, las correspondientes investigaciones
criminales se han visto gravemente obstaculizadas por las amenazas
de que han sido objeto investigadores y testigos judiciales, y por
el relevo en el cargo de investigadores judiciales que ha llevado
a cabo la Fiscalía General de la Nación en momentos
decisivos de una investigación.
Debido a lo expuesto supra, AI siente preocupación por la
seguridad de los investigadores judiciales, muchos de los cuales
han recibido amenazas e incluso han perdido la vida por trabajar
en casos de derechos humanos. La organización insta al nuevo
gobierno a garantizar que todos los casos de violaciones de derechos
humanos quedan excluidos de la jurisdicción de los tribunales
militares, que todos los miembros de las fuerzas de seguridad implicados
en casos de violaciones de derechos humanos en virtud de investigaciones
judiciales o disciplinarias son suspendidos de sus funciones hasta
que su responsabilidad o inocencia quede establecida, que las fuerzas
de seguridad respaldan plenamente a la Fiscalía General de
la Nación a fin de hacer avanzar las investigaciones judiciales
sobre casos de violaciones de derechos humanos, y que se adoptan
las medidas necesarias para garantizar la seguridad de los investigadores
judiciales.
De manera reiterada, las autoridades colombianas tampoco han adoptado
medidas eficaces para hacer frente a las fuerzas paramilitares,
responsables de la mayor parte de los homicidios ocurridos fuera
de combate. Los grupos paramilitares siguen pudiendo mantener su
ofensiva militar, caracterizada por las violaciones indiscriminadas
de los derechos humanos, principalmente porque continúan
disfrutando del apoyo y la aquiescencia de las fuerzas de seguridad,
y a menudo actúan en connivencia con ellas. La utilización
de fuerzas paramilitares sigue siendo inherente a la estrategia
contrainsurgente del ejército. Los sucesivos gobiernos colombianos
han sostenido y siguen sosteniendo que los vínculos existentes
entre las fuerzas de seguridad y los paramilitares responden a incidentes
aislados. Sin embargo, las pruebas que sugieren que existe coordinación
de alto nivel entre ambos grupos son categóricas. Por este
motivo, el nuevo gobierno debe comprometerse a llevar a cabo investigaciones
exhaustivas e imparciales sobre la relación que vincula a
los grupos paramilitares con las fuerzas de seguridad, debe garantizar
que los miembros de las fuerzas de seguridad hallados responsables
de formar, dar apoyo o colaborar con los grupos paramilitares rinden
cuentas, y debe tomar medidas inmediatas para garantizar que las
organizaciones paramilitares quedan desmanteladas y sus miembros
responsables de cometer violaciones de derechos humanos son puestos
a disposición de la justicia.
Las medidas que tomó su predecesor, encaminadas a proteger
la encomiable labor que realizan los defensores de los derechos
humanos, no han hecho mella en la situación de amenaza en
la que viven aquellos que desempeñan en primera línea
el trabajo en defensa de los derechos humanos. Los defensores de
esos derechos han recibido el reconocimiento de la comunidad internacional
por cumplir una función crucial en la promoción y
la defensa de los derechos humanos y por garantizar que las violaciones
graves de tales derechos cometidas por el Estado contra los ciudadanos
salen a la luz y los responsables rinden cuentas de sus actos. La
ONU y la Organización de Estados Americanos han reconocido
que se trata de una labor de importancia fundamental; más
aún en tiempos de conflicto. A fin de garantizar que los
defensores de los derechos humanos en Colombia pueden continuar
con su labor sin temor a sufrir represalias, AI exhorta a su gobierno
a iniciar de inmediato un diálogo al más alto nivel
con estas personas al objeto de analizar las políticas de
protección de los defensores de derechos humanos actualmente
en vigor; reforzar el programa de protección que gestiona
el ministerio del Interior; y aplicar las recomendaciones de la
representante especial del Secretario General de la ONU sobre defensores
de los derechos humanos.
AI desea asimismo expresar su preocupación ante los indicios
de que su gobierno va a reformar la Constitución de 1991;
concretamente, lo relativo a algunas importantes salvaguardias de
los derechos humanos. La comunidad internacional y, en especial,
las organizaciones de derechos humanos, en su momento acogieron
con satisfacción la introducción de sólidas
salvaguardias de los derechos humanos en la Carta Magna de Colombia,
calificada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos
como una de las más avanzadas de toda América Latina.
Tales disposiciones, y la autonomía de las instituciones
del Estado que han desempeñado un papel fundamental en la
salvaguardia de los derechos humanos, deben protegerse y reforzarse
si se pretende poner fin a la crisis en que esos derechos se encuentran
sumidos.
Por otra parte, nos han causado una profunda inquietud los recientes
comentarios de su ministro designado del Interior y de Justicia,
Fernando Londoño Hoyo, en los que criticaba la labor de la
Corte Constitucional, acusándola, entre otras cosas, de proselitismo.
La Corte ha desempeñado un papel primordial como garante
del respeto, por principio, sino en la práctica, a las disposiciones
sobre derechos humanos consagradas en la Constitución de
1991. Los intentos de socavar la Corte hacen temer que su gobierno
pueda tratar de debilitar intensamente la función de esta
institución. La propuesta, también planteada por algunos
de los miembros de su gobierno, que pretende unificar la Defensoría
del Pueblo y la Procuraduría General de la Nación,
podría poner en verdadero peligro la capacidad del Defensor
del Pueblo para ejercer sus funciones de vigilancia de los derechos
humanos y constituye una grave amenaza para la autonomía
de la Procuraduría General de la Nación. Lejos de
eso, debe ampliarse y reforzarse la Defensoría del Pueblo,
al igual que la Procuraduría General de la Nación,
a la que ha de otorgarse capacidad para llevar a cabo investigaciones
disciplinarias sobre la responsabilidad de los funcionarios públicos
en las violaciones de derechos humanos. Del mismo modo, la fusión
de los ministerios del Interior y de Justicia amenaza con poner
seriamente en entredicho la independencia de la judicatura.
AI también desea hacer un llamamiento al nuevo gobierno para
que reconsidere su intención de restablecer la facultad presidencial
de declarar el estado de sitio, excluida en la Constitución
de 1991, toda vez que conferiría atribuciones extraordinarias
a las fuerzas armadas y a la Presidencia durante un periodo de tiempo
ilimitado y, particularmente, eliminaría la supervisión
judicial y legislativa bajo situaciones de estado de excepción.
El derecho internacional consagra derechos fundamentales que no
pueden suspenderse y que deben respetarse con independencia de que
se haya declarado el estado de sitio. Tales derechos quedan recogidos
en los artículos 6, 7, 8 (párrafos 1 y 2), 11, 15,
16 y 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos
de las Naciones Unidas y en los artículos 3, 4, 5, 6, 9,
12, 17, 18, 19, 20 y 23 de la Convención Americana sobre
Derechos Humanos, así como en las garantías jurídicas
para la protección de los derechos y las libertades consagrados
en esos artículos (Opiniones Consultivas OC-8/87 y OC-9/87
de la Corte Interamericana de Derechos Humanos). En virtud del derecho
internacional, el derecho a la vida, a no sufrir torturas, malos
tratos ni esclavitud o servidumbre, a no ser sometido a detención
domiciliaria, a tener un juicio justo, y a la libertad de pensamiento
no pueden ser menoscabados siquiera bajo estados de emergencia.
En este contexto, los comentarios que ha efectuado su ministro designado
del Interior y de Justicia, en los que afirmaba públicamente
que todos los derechos y libertades públicos y, en particular,
el derecho a la libertad de expresión, podrían verse
cercenados en nombre de la seguridad, constituyen una novedad preocupante.
Las medidas que ha de adoptar el gobierno para reforzar la seguridad
del país deben estar basadas en el pleno respeto a los tratados
internacionales vinculantes para Colombia; de ahí que a AI
le preocupe seriamente su propuesta de otorgar competencias de la
policía judicial a las fuerzas armadas y permitir que el
ejército lleve a cabo registros y detenciones en los domicilios
sin orden judicial previa. Esto no sólo contraviene al espíritu
del reciente fallo pronunciado por la Corte Constitucional, que
declara inconstitucionales medidas de carácter similar contenidas
en la Ley de Seguridad y Defensa Nacional, sino que también
amenaza con reforzar los mecanismos de impunidad mediante el encubrimiento
de responsabilidades en casos de violaciones de derechos humanos
cometidas por las fuerzas armadas y los paramilitares.
AI quiere recalcar asimismo la honda preocupación que le
causan otras políticas de seguridad de su gobierno que pueden
agravar profundamente la crisis de derechos humanos que está
viviendo Colombia, preocupación ésta que comparten
numerosas organizaciones de derechos humanos colombianas e internacionales.
En concreto, nos ha provocado una intensa inquietud su propuesta
de crear una milicia civil compuesta por un millón de informantes,
de orden similar al programa Convivir, actualmente disuelto, que
creó el gobierno del presidente Ernesto Samper Pizarro. Al
igual que Convivir, la milicia de un millón de informantes
que ahora se propone se crearía para ayudar a las fuerzas
de seguridad en tareas de contraespionaje que avivarían aún
más y de manera inevitable la escalada de violencia política.
Una estrategia de esas características sólo serviría
para empujar con mayores bríos a la población civil
al conflicto y exponer a los implicados a ataques vindicativos perpetrados
por una de las partes del conflicto armado.
Si bien Ud. ha reiterado en varias ocasiones que la milicia civil
de un millón de personas no estaría armada, nos preocupa
el hecho de que, durante la mesa redonda que Amnistía Internacional
mantuvo con los candidatos a la presidencia el pasado 6 de mayo,
usted afirmara que su gobierno no retiraría las armas a aquellos
que ya las tuvieran. Como quiera que las armas ya abundan en Colombia,
tememos que la nueva milicia vea la luz como una fuerza armada de
hecho. También nos preocupa que, al igual que ocurrió
con Convivir, la nueva milicia sólo sirva para fortalecer
a los grupos paramilitares y difumine la línea que separa
a los grupos de vigilancia legalizados de los que no lo están.
Los grupos Convivir fueron responsables de la masacre de civiles
y otras violaciones de derechos humanos y actuaron, en muchos casos,
en connivencia con los grupos paramilitares y las fuerzas armadas
colombianas, en tanto que en 1999 casi 40 grupos Convivir declararon
su intención de unirse a los paramilitares al anunciar el
gobierno un plan de restricción del uso de las armas. Señor
Presidente: nadie puede garantizar que no vaya a repetirse lo que
ya ocurrió en el pasado.
En relación con un posible diálogo de paz en el futuro,
AI desea manifestar la preocupación que le causa el hecho
de que, cuando propuso que las negociaciones deberían llevarse
a cabo con la guerrilla y los grupos paramilitares, Ud. no reconoció
la relación existente entre las fuerzas armadas y los paramilitares
y, consecuentemente, no subrayó la necesidad de combatir
y desmantelar esos grupos y de romper sus vínculos con las
fuerzas de seguridad. Un proceso de paz efectivo requiere poner
a disposición de la justicia a todos los responsables de
haber cometido violaciones y abusos de derechos humanos, ya sean
paramilitares, miembros de la guerrilla o de las fuerzas de seguridad.
AI debe insistir asimismo en que el respeto de los derechos humanos
y del derecho internacional humanitario debe ocupar un lugar primordial
en cualquier futuro proceso de negociación.
Sin perjuicio de la gravedad de la crisis de derechos humanos, se
percibe un claro programa de acción que su gobierno puede
y debe adoptar. Este estaría basado en la aplicación
plena e inmediata de las recomendaciones formuladas por los órganos
de derechos humanos de la ONU (algunas de las cuales ya se han indicado
en esta carta), y en la Declaración y el Programa de Acción
de Viena, de Naciones Unidas, suscritos por el gobierno colombiano
y otros 170 Estados con motivo de la Conferencia Mundial de Derechos
Humanos celebrada en junio de 1993. La Declaración recomienda
que "cada Estado considere la posibilidad de elaborar un plan
de acción nacional en el que se determinen las medidas necesarias
para que ese Estado mejore la promoción y protección
de los derechos humanos" (artículo 71), y reconoce asimismo
"la importante función que cumplen las organizaciones
no gubernamentales en la promoción de todos los derechos
humanos" (artículo 38). En definitiva, AI exhorta a
su gobierno a conferir prioridad al desarrollo de un plan de acción
en materia de derechos humanos y a garantizar que las organizaciones
de derechos humanos ocupan un lugar prioritario en ese proceso.
Espero y deseo que tanto Ud. como su gobierno estén dispuestos
a aceptar la propuesta de AI y entablemos, junto con otras organizaciones
de derechos humanos, un diálogo abierto que nos permita tratar
estas cuestiones de importancia fundamental y que requieren abordarse
con apremio. La comunidad internacional desempeña asimismo
un papel determinante en este proceso y, por descontado, AI ejercerá
presión sobre los gobiernos de otros países y las
organizaciones internacionales para respaldar a Colombia en sus
esfuerzos por poner fin de una vez por todas a la crisis de derechos
humanos en que se halla inmersa.
Atentamente,
Irene Khan
Secretaria General
Amnistía Internacional
Fuente: Amnistía Internacional, Secretariado Internacional,
1 Easton Street, WC1X 0DW, Londres, Reino Unido
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